2 jun. 2008

Las mujeres arriba

Maravillosa nota de página 12, me la pasó Paula, otra madre consciente

Para Robbie Davis-Floyd, una investigadora estadounidense especialista en antropología de la reproducción, lo único que puede devolver a las mujeres la posibilidad de reapropiarse de su cuerpo y sus capacidades durante el parto es el activismo, más en países como Argentina en donde la tasa de episiotomías es del 90 por ciento cuando internacionalmente se reconoce que en ningún caso debería superar el 10.

Por Luciana Peker
El cuerpo se convierte en casa, en viaje, en revolución, en un cuerpo que tiene que albergar y dejar partir al mismo tiempo, en un cuerpo que se agranda y se achica, que espera y que despide, que desea y que sufre, en un cuerpo dolido, enamorado, expectante, latente, en un cuerpo intenso, en un cuerpo que da cuerpo a la vida. El cuerpo de una mujer durante un parto es una marea de sensaciones –que cada mujer vive distinto– pero que arrasa como un huracán de sentidos exacerbados –miedo, emoción, plenitud, amor, dolor, esperanza, felicidad, asombro, ganas– con la inercia de la vida cotidiana e, incluso, con la silenciosa uniformidad de los cuerpos modernos.
El cuerpo de una mujer en un parto es aún más propio que nunca (y es propia también la generosidad de abrirse para dejar camino). Sin embargo, durante el siglo XX la medicina se apropió del cuerpo de la mujer en el parto e interpuso a los médicos entre las mujeres y sus hijos e hijas. Sin dudas, la ciencia permitió la baja de la mortalidad materna. Pero, en nombre de la salud, se cometieron abusos que dejaron, en muchos casos, a las mujeres mudas o sordas de sus propios cuerpos, de sus propios partos, de sus propios hijos.
Ahora, el movimiento internacional por la humanización del nacimiento intenta revertir esta tendencia para que las elecciones se tomen desde el ombligo de las mamás (y no desde arriba de ellas) y para utilizar los adelantos científicos –la cesárea, la episiotomía (un corte en la vagina que se hace supuestamente para facilitar la expulsión del bebé) o la anestesia peridural– cuando la necesidad lo requiere o la mujer lo decide.
“Las mujeres tienen mucho miedo del parto y creen que la tecnología les trae seguridad. Pero eso no es cierto. No queremos ser la Gestapo del parto natural y decirles a otras mujeres ‘no podes tener tu cesárea’ o ‘no podes tener tu epidural’. Queremos que las mujeres elijan cómo parir. Muchas quieren un parto natural pero todo el sistema está creado para resistir a esa preferencia e inducirlas a un parto tecnológico. “Hay que cambiar el sistema para que las mamás puedan acceder a un parto más humanizado”, subraya –en perfecto castellano– la antropóloga norteamericana Robbie Davis-Floyd, investigadora y profesora de la Universidad de Texas, especialista en antropología de la reproducción y autora de los libros Parto y conocimiento oficial: perspectivas de culturas intercambiadas, Reconsiderando el arte de ser partera: el nuevo modelo de cuidado canadiense y Parteras en México: continuidad, controversia y cambio.
Ella es también miembro de la Sociedad de Antropología Médica y de la Alianza de Comadronas de Norteamérica y vino a Buenos Aires a dictar un seminario, invitada por la Fundación Creavida (una organización no gubernamental que pelea por la humanización del nacimiento). Pero acá las mujeres que no están directamente expulsadas del sistema tienen que recurrir sí o sí (salvo experiencias muy contadas y, además, generalmentemuy costosas) a la red de medicina pública o privada donde, en la mayoría de los casos, no se cumple, siquiera, con las reglas sugeridas por la Organización Mundial de la Salud que indican que cada mujer puede elegir el tipo de parto que prefiera, que no existe justificación para que haya más de un 15% de cesáreas (en Argentina hay sanatorios que tienen hasta un 50%) o que debe fomentarse el amamantamiento antes de que la mujer salga de la sala de partos. Por eso, Robbie enfatiza: “No daría a luz en la Argentina si no pudiera tener un parto humanizado”.
El eje de investigación de la antropóloga son las parteras (no en el rol de acompañantes de los médicos sino como reemplazantes de ellos) como la pieza clave de partos centrados en las necesidades femeninas y no en la de los obstetras. “Los médicos tienen una idea de status en donde estar arriba tiene más status que estar abajo, por eso, están acostumbrados a que la mujer esté acostada y ellos estén parados, más arriba. En cambio, las parteras están acostumbradas a meterse entre las rodillas o agacharse mucho para recibir el bebé. Cuando la mujer está arriba, la partera está abajo –remarca la doctora en antropología–. Para los médicos eso sería una falta de respeto. La diferencia es que las parteras están en el alumbramiento para respetar a la mujer y sus necesidades y no por status.”
Sería bueno, entonces, que las mujeres volvamos a estar arriba en los partos.
–Sí, ¡mucho más arriba! Para las mujeres son mejores los partos humanizados porque tienen el respeto que necesitan y salen felices sintiéndose escuchadas. Para los bebés también es mejor porque las parteras no los separan de la mamá y facilitan la amamantación. Y para la sociedad también es un beneficio porque los médicos ganan mucho más dinero que las parteras y, además, los partos más humanizados traen seres humanos más humanizados. En Suecia, Finlandia, Noruega, Dinamarca, Holanda a nadie se le ocurre que un médico esté en un parto normal. No hace falta más que una partera.
–¿Por qué le da tanta importancia a que las mujeres sean asistidas por parteras y no por obstetras?
–Porque ellas son fabulosas. En la mayoría del mundo hay dos tipos de parteras: tradicionales (o indígenas) y profesionales con entrenamiento universitario. En Europa son autónomas, hacen el cuidado prenatal, natal y posnatal, en la casa de la paciente o en hospitales. No hay necesidad de ver al médico, salvo que haya un problema de alto riesgo en el que se necesita, por ejemplo, recurrir a una cesárea. Una gran diferencia entre la partera y el médico es que las parteras tienen una ideología humanística y pasan mucho tiempo con las mujeres, escuchan sus preguntas, están durante el trabajo del parto y se desarrolla una relación de cariño. Ellas permiten que la mujer camine, que tome agua, que no esté con las máquinas conectadas permanentemente, que pueda tener un parto vertical. Las parteras están entrenadas para facilitar el parto, no para manejarlo.
¿Cuáles son los países más retrasados en la posibilidad de acceder a este tipo de partos?
–Argentina y Brasil, aunque acá la situación es peor. En Estados Unidos los obstetras tienen un control muy hegemónico del parto porque ganan mucho dinero y ven a las parteras profesionales como competencia. Sin embargo, en todo el mundo hay un renacimiento de las parteras.
A pesar de esta tendencia, en la Argentina es bastante complejo que una embarazada le pueda plantear a un obstetra que quiere tener un parto con reglas propias.
–Hay que hacer activismo: lo único que ha cambiado el mundo es un grupo chico de personas trabajando con mucha dedicación y aquí hay organizaciones como la Fundación Creavida para pelear por un parto humanizado. No puede ser que en la Argentina la tasa de episiotomía sea del 90 por ciento. La práctica de episiotomía nunca debe superar al 10%,en ningún lugar, por ninguna razón. Aquí muchos obstetras nunca han visto un parto sin episiotomía a menos que sea cesárea (risas), pero tiene que haber un corte de algún tipo. Muchos médicos me preguntan: “¿Puede salir el bebé sin episiotomía?” “¿Cómo sale?” Y yo les contesto: “¿Cómo crees?” (risas). Si la mujer está en posición vertical no hay desgarros.
También es cierto que la ciencia trajo soluciones para complicaciones que antes les costaban la vida a muchas mujeres. ¿Es posible un equilibrio entre naturaleza y tecnología?
–La intervención tecnológica es milagrosa y efectiva cuando realmente se necesita. Las cesáreas pueden salvar vidas en el 5% de los casos. El reto que tenemos nosotros, ahora que contamos con la antigua sabiduría y la actual tecnología, es que se respete el deseo de la mujer.
Y fue ese deseo roto el que motivó a Robbie a convertirse en una antrópologa especializada en partos. En 1979 (justo cuando tenía que decidir el tema de su tesis) tuvo a su primera hija (Peyton). Pero no la tuvo como ella quería. “Cuando nació Peyton me dijeron que no podía tener un parto natural. Yo tenía un médico muy tecnocrático que me decía ‘Sólo tienes cuatro centímetros (de dilatación), nunca vas a llegar a diez, tenemos que hacer una cesárea’. Me quedé con la idea de ‘no puedo, no tengo fuerza’. Me sentí desapoderada –relata–. Cuatro años después, di a luz a mi segundo hijo (Jason), que pesó 5 kilos (era más grande que Peyton), en mi casa, con una partera. Tuve la sensación de haber cumplido con mi bebé y además conmigo misma.”
Para Robbie, la antropóloga que estudia cómo los partos cambiaron en el mundo y que piensa que los partos pueden cambiar el mundo, su propio parto le cambió la vida, aun mucho después del parto y en una situación de dolor extremo en donde ella tuvo que morir y nacer de nuevo. “Mi hija Payton murió en septiembre de 2000, en un accidente de autos, cuatro días antes de cumplir 21 años. Una de las pocas cosas que me hicieron poder resistir esa tragedia fue haber podido dar a luz a mi hijo Jason, porque eso me enseñó que tengo más fuerzas de las que creo que tengo –destaca–. Para poder sobrevivir tuve que buscar profundamente dentro de mí esa fuerza con la que di a luz.”

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