12 may 2008

¿Por Qué la Verticalidad?

La historia del parir, que comienza antes que la obstetricia lograra salvar vidas de madres e hijos, ilustra su recorrido con mujeres que durante siglos eligieron sentarse o ponerse en cuclillas para pujar; negarse a reconocer esta evidencia no forma parte de los avances de la obstetricia.


La cultura urbana potencia la convicción de las mujeres que asumen la posición acostada cuando deben parir: se supone que internarse en una clínica, obedecer todas las indicaciones de los médicos y acostarse forma parte de la tecnología más avanzada. Pero la cultura urbana también ignora cuáles son las prioridades del parir.

La posición vertical (sentada, en cuclillas, de rodillas, colgada de un árbol según la práctica de algunas tribus), es aquella en la cual el torso de la mujer y su canal pelviano oscilan dentro de un ángulo de 45 º y 90º con respecto al plano horizontal.

Una vez iniciado el trabajo de parto la inspiración profunda que realiza la mujer hace descender el diafragma, lo cual se complementa con la acción contráctil de la prensa abdominal: entre ambas acciones se impulsa al bebe hacia la abertura vulvar, como única salida. El bebe, una vez iniciado su descenso, estimulado por las contracciones uterinas y por su propio peso, no puede retroceder. La posición horizontal neutraliza o entorpece esta mecánica como sucedería si se tratase comer o defecar estando acostadas.

Insertos en la articulación pubiana (en las ramas descendentes del pubis, en la parte interior de la ingle, y muy cerca de la parte interior de la rodilla), se encuentran los músculos abductores. Antiguamente se los llamaba custodes virginitates, custodios de la virginidad, puesto que en el medioevo se sostenía que ante el riesgo de una violación, si una mujer cruzaba fuertemente los muslos (donde se encuentran los abductores) no podría ser penetrada.

Esta musculatura no tiene a su cargo impedir violaciones, sino colaborar en apertura de la sínfisis pubiana, es decir, ayudar a abrir el canal vaginal y la vulva (junto con la impregnación de las hormonas relajantes que produce la mujer) para permitir el egreso del cuerpo del bebe.

Para llevar a cabo esta acción, es necesario que la parturienta esté sentada o en cuclillas, de manera que los músculos se tensen y ejerzan su fuerza sobre la zona que debe abrirse; cuando la mujer está acostada se anula la acción fisiológica de esta musculatura. Acostarla implica privarla de un instrumento clave para parir.

Por otra parte, cuando el cuerpo se encuentra en vertical reproduce el esquema corporal que adquirió durante la niñez para realizar las funciones expulsivas de defecar y orinar, es decir, reproduce el modelo original y pone en marcha la memoria de funciones biológicas naturales. De este modo la vagina adquiere identidad propia, como canal expulsivo, y se diferencia de la vagina en coito como receptáculo activo del pene.

Las ilustraciones que muestran el diseño de las sillas que se usaban para los partos recorren la Edad Media y el Renacimiento, así como el momento en que el cuerpo médico sustituye a las comadronas y comienza a ocuparse de los partos. A partir de entonces las mujeres abandonaron la silla y acataron el criterio de los profesionales que actuaban con más comodidad si la parturienta estaba acostada. Tengamos en cuenta que en aquellas épocas, quien recibía al bebe debía arrodillarse delante de la mujer; no era una posición cómoda para introducir las técnicas que los mèdicos proponían, ni resultaría psicológicamente digerible estar arrodillado a los pies de una mujer que está pariendo.

Esta es una de las razones y no la menos importante por la que los médicos rechazaran el sillón de parto; éste consta de una prensa hidráulica de modo que puede subirse o bajarse mediante un pedal: en el momento de la expulsión del bebe, el sillón está levantado, separado del piso de modo que el médico no necesita arrodillarse ni agacharse en exceso, ya que la pelvis de la mujer queda a la altura de sus manos. Pero, y este punto es importante: para mirar a la parturienta y dirigir los pujos, el profesional debe mirar "hacia arriba" ya que la mujer está "mas alta" que él.

Esta es una experiencia fuera de lo común para los médicos, entrenados en dar órdenes a pacientes que están acostados o sentados, por debajo de su mirada o a la misma altura, pero no por encima de él. Una elemental información en topología, que es la disciplina que estudia la distribución de los espacios, nos advierte acerca de la inevitable resistencia que esta situación provoca en estos profesionales.

Los otros argumentos que se pusieron en juego para liquidar los sillones de parto, que desaparecieron del país, resultan desacreditados cuando se leen los trabajos técnicos de los obstetras que eligen esta forma de parto; entre nosotros los aportes de Rosenvasser y actualmente de Solórzano y de Carlos Burgo , y en los internacionales los textos y los films preparados por Caldeyro Barcia en Uruguay.

La madre a ciegas, y la madre que mira

Cuando el parto se realiza con la parturienta acostada el nacimiento del hijo se produce detrás del vientre materno cuyo volumen oculta lo que sucede tras de él, donde los profesionales manipulan su cuerpo sin que ella disponga de control acerca de lo que sucede. Tampoco podrá mirar cómo su hijo emerge desde su interior. Acostada no tiene más perspectiva que el techo de la sala de partos; lo que conduce a la vivencia de hijo que le fue "sacado" del interior de su cuerpo sin que ella pudiese participar. De este modo se anula la unidad ojo-vagina (vulva).

La ausencia de mirada sobre lo que sucede con su cuerpo y con el bebe la conduce a suponer que es el médico quien "hace el parto" y a sentir gratitud hacia él, cuando en realidad se trata exactamente de lo contrario. Si exceptuamos las patologías que pueden presentarse y que demandan la intervención profesional, la que"hace el parto" es la mujer; la maniobra del obstetra contribuye a girar, en algunos casos, la cabeza del bebe para facilitar la expulsión.

Al desactivar la capacidad paridora de las mujeres, la medicina se apropió de sus partos; y merced a la colonización intelectual que padece el género femenino, paradójicamente, las mujeres sienten gratitud hacia los obstetras que las acuestan y las privan de sus herramientas para parir.

También les impiden sentir el placer que significa mirar al hijo cuando éste abandona el interior del cuerpo materno, en ocasiones ayudado por las manos de la parturienta que es quien puede conducirlo hacia afuera, a su nuevo mundo.

Cama, camilla, enfermedad, infantilización

Los muebles son portadores de significados. Si la experiencia enseña que en el momento de parir las mujeres tienden a sentarse o a incorporarse ¿qué significa acostarla en una camilla? En primer lugar, que la naturaleza y la fisiología de la mujer se equivocan: debe mantenerse acostada y asumir el mueble-camilla que la obstetricia reclama para comodidad de los profesionales. Baudrillard lo expresó claramente: "Elisión de las funciones primarias en provecho de las funciones de relación y de cálculo, elisión de las pulsiones en provecho de la culturalidad."

La camilla-cama se asocia con enfermedad y corresponde a las enseñanzas de la medicina asistencial; como se entiende que acompañar a un parto implica un asistir a la parturienta, acostarla es una manera de mantener en orden lo aprendido en la universidad, donde se enseñó que los asistidos-enfermos se acuestan. Lo que a su vez desemboca en la subordinación y en el sometimiento de la mujer que se siente tratada como una enferma sin atreverse a demandar un parto acorde con sus necesidades y sus potencialidades fisiológicas.

En cambio asistir a una mujer que está pariendo sentada o en cuclillas se instituye como desorden topológico para la medicina y como una novedad inquietante, por ejemplo, que una vez expulsado el bebe, la mujer camine por su cuenta hacia la cama. Y, con episiotomía o sin ella, se levante mientras se pregunta" ¿Para qué me voy a quedar internada si me siento bien? Me puedo ir a mi casa y controlarme mañana o pasado." Lo cual transforma la internación de tres días por parto en un mero pasaje por la institución sanatorial. Inquietante para la administración de los sanatorios. Desordenante para el narcisismo profesional que debe aminorar su vivencia de éxito ya que el "mérito" del parir queda a cargo de la mujer.

La verticalidad acompañada por la mirada se convierte en soporte de los núcleos adultos del Yo que son los que las mujeres ejercen durante el parto. La tesis que sostiene la regresión de las grávidas que se sienten como si fuesen niñitas, seguramente puede encontrarse en algunas mujeres en particular si durante la psicoprofilaxis le potenciaron el aniñamiento explicándole que "deberá portarse bien y no gritar".

Esos núcleos adultos que pueden expresarse durante el parto son los que colocan a la mujer en la realidad de lo que acontece, mientras que al acostarla se la infantiliza porque se la posiciona como alguien que debe obedecer órdenes y colaborar con la dirección del parto a cargo de un médico.

Las preguntas claves

"¿Y si es necesario hacer una cesárea?" Está previsto por quienes defienden el parto en vertical, porque parece obvio darse cuenta que quienes lo proponen cuentan por lo menos con la misma experiencia obstétrica que quienes lo cuestionan. El sillón de partos que había creado Perrusi se convertía rápidamente en camilla para facilitar una intervención, y la práctica de quienes ejercitan el parto natural, verticalizando a la parturienta cuentan con los mismos elementos que utilizan quienes recurren a la obstetricia tradicional.

La experiencia en psicoanálisis me enseñó cuánto pesa, en la historia de una mujer y en el vínculo con sus hijos, el modelo que se utilice para parir. Si bien la tendencia es olvidarse del momento del parto, lo que ocurre es que se reprime la representación de una mala experiencia; muchas mujeres tienden a narrar el parto minimizando sus vivencias negativas. Pero esas vivencias retornan, de modo inconsciente y pueden impregnar diferentes momentos de la vida de esas mujeres, en particular la vivencia de humillación trasladada a otras áreas.

La humillación y la subordinación, así como la infantilización que implican acatar el mandato de parir acostada -aunque quienes así lo hicieron afirmen que se sintieron cómodas y no registren la mutilación- reclaman la revisión del tema.

Aquellas que aún no transitaron por la experiencia están a tiempo de defender su parición reclamando que sea la cabeza de la mujer la que corone el parir, tal como sucede cuando ella rescata su verticalidad.

Reflexión: Los razonamientos que utilizan determinados profesionales para acostar a las mujeres en el momento de parir, constituyen argumentos al servicio de prácticas tradicionales destinadas a solventar la comodidad del profesional. El acatamiento del género mujer permite diagnosticar la subordinación de las mujeres a una cultura en cuya construcción no participaron. Y que hoy asumen porque las prepagas no fomentan el parto vertical.


Eva Giberti
(Articulo publicado en el fascículo Nº3 de la Colección Escuela para Padres, editado por Pagina 12 en 1999)